domingo, 13 de febrero de 2022

"BERZAS BLANCAS" Y "MOMIOS" LOS DE UNDUÉS PINTANO.


Berza blanca (chenopodium album)


 A los vecinos de Undués Pintano se les conoce con los seudogentilicios de “berzas blancas” y "momios"

Estos dos apodos, aunque independientemente tienen cada uno su particular significado, están muy relacionados entre sí, ya que uno de ellos es el resultado, o la consecuencia del otro. Veamos.

Como casi todos los seudogentilicios que hemos visto de nuestra comarca(ver), ambos hacen alusión a las malas cosechas y pésimas condiciones de la agricultura de los habitantes de Undués Pintano y, por consiguiente, a la mala alimentación y nutrición de sus vecinos.

La chenopodium album es una planta silvestre, autóctona de España pero dispersa mundialmente, cuyas hojas tienen una apariencia harinosa grisácea, flores blanquecinas muy pequeñas, asemejándose a una berza en miniatura, y fruto aun más pequeño(la quinoa es una variedad de esta planta). Se extiende por todo el territorio español  y crece espontáneamente en el campo, en las cunetas, bordes de caminos, campos en barbecho, terrenos baldíos y lugares abandonados. Según las zonas o comarcas, se la conoce como berza blanca, berza perruna, berza de pastor, ceñilgo, cenizo, cenizo blanco, hierba cana, pie de ganso, bledo..(como puede comprobarse, ninguno de estos nombres con significado agradable o atractivo).

La planta es comestible y ha sido utilizada por la gente en tiempos de hambruna, para la elaboración de pan, pasteles y gachas, como pienso para el ganado, así como para uso medicinal. Pero generalmente, en el ámbito rural,  ha sido considerada siempre como una “mala hierba”, destructora de cosechas. Muchos de los insultos que actualmente utilizamos en algunas expresiones tienen relación con la mala fama de la planta (No seas cenizo…me importa un bledoberzotasberza blanca…)

Los habitantes de Undúes Pintano llamaban balloqueros (de balloca; otra “mala hierba”) a los de Pintano, por lo que estos utilizaron la “berza blanca” como respuesta a sus vecinos, siendo la berza sinónimo figurativo de algo tosco, bruto, salvaje, áspero.

Berzas blancas y ballocas aparecen en toda la comarca de las Cinco Villas, pero parece ser que los de Pintano consideraban que en Undués Pintano tenían todo el campo plagado de berzas blancas y era de lo único que se alimentaban, de ahí el significado de este seudogentilicio, más que en el sentido peyorativo de tosco o bruto.

El segundo sobrenombre de los vecinos de Undués Pintano es el de "momios". Momio, masculino de momia, (cadáver, esqueleto…), según la RAE es una persona seca, sin gordura. Despectivamente se usa para describir una persona excesivamente delgada, enjuta. Este segundo seudogentilicio se lo pusieron los pueblos colindantes a los vecinos de Undués Pintano por estar exageradamente delgados porque sólo se alimentaban de berzas blancas, único cultivo de la zona (según la sarcástica tradición oral).

domingo, 6 de febrero de 2022

LOS CLAUSTROS. EL CLAUSTRO DE VALENTUÑANA

 

Claustro de Valentuñana (Sos del rey Católico)

La palabra claustro proviene del latin claustrum (cerradura, cerrojo, cierre), derivado de claudere (cerrar) por indicar un sitio cerrado o una reunión (cerrada) de un grupo de personas. En términos arquitectónicos se refiere a una galería que rodea el patio principal de una iglesia, convento o monasterio, donde los monjes y frailes vivían “enclaustrados” (encerrados, sin contacto con el mundo exterior).

En un monasterio, el edificio principal es la iglesia, lugar de oración de los monjes, y el claustro era, quizás, el segundo elemento estructural en importancia, desde donde se accedía al resto de dependencias del cenobio y al que se tenía acceso directo desde la iglesia, ubicada, generalmente, junto a la galería norte, protegida de los vientos, del viento Aquilón, frío y tempestuoso, hijo de Eolo y de la Aurora, que arrastra con él, como la serpiente que lo representa, las maldades y los vicios de las profundidades de este mundo.

El término “clausura”, que ya proviene de la antigüedad clásica, fue utilizado para definir la vida de los monjes de la orden benedictina, sin que a través de la documentación que ha llegado hasta nuestros días de toda la Alta Edad Media, se pueda diferenciar si se refiere únicamente a una estancia (la que comúnmente conocemos como claustro) o al conjunto de toda la construcción monacal.

San Benito, fundador del monacato occidental, no dice nada en su Regla de los claustros; probablemente porque pensaba que todo el monasterio debía ser un claustro, un lugar alejado y aislado de lo mundano para dedicarse en cuerpo y alma a Dios: “ Si es posible, debe construirse el monasterio de modo que tenga todo lo necesario, esto es, agua, molino, huerta, y que las diversas artes se ejerzan dentro del monasterio, para que los monjes no tengan necesidad de andar fuera, porque esto no conviene en modo alguno a sus almas”.[1]

Fueron los monjes benedictinos quienes organizaron el sistema de construcción claustral, y en la Regla de San Isidoro también se establecía la conveniencia de unir los edificios de uso común alrededor de un patio. En el período carolingio ya existía el claustro como centro organizador de la vida monástica, y durante los siglos IX y X fue adoptado por las demás órdenes religiosas de vida comunitaria.

Un pergamino de principios del siglo IX, procedente de la ilustre abadía benedictina de Saint-Gall (Suiza), permite vislumbrar la relevancia que el claustro tenía en la vida monástica: “Es el centro del monasterio. El lugar dedicado a la meditación, en el que los religiosos se sumergen en los misterios de lo humano y de lo divino, profundizan, con el ejercicio del deambular, en la lectura de los textos sagrados”[2].

El claustro es el Paraíso, un lugar que San Isidoro describe en sus Etimologías: “ El paraíso es un lugar situado en tierras orientales, cuya denominación, traducido del griego al latín, significa jardín; en lengua hebrea se denomina Edén, que en nuestro idioma quiere decir delicias. La combinación de ambos nombres nos da El Jardín de las Delicias[…] De su centro brota una fontana que riega todo el bosque[…] por doquier se encuentra rodeado de espadas llameantes, es decir, se halla ceñido a una muralla de tal magnitud que sus llamas casi llegan al cielo…las llamas alejan a los hombres…para que las puertas del paraíso estén cerradas a la carne y al espíritu que desobedeció”[3].

En los siglos del románico, el paraíso, con sus jardines, su fuente y murallas flameantes, se convirtió en jardín de piedra. El Paraíso apenas suele representarse en la pintura románica, a excepción de algún Mapamundi miniado. Y en la escultura tan solo el árbol de la vida y episodios de la expulsión de Adán y Eva  reflejan su existencia como lugar. “El Paraiso, pues, no se representa: es el claustro, el espacio aislado de las iglesias catedrales, colegiales o monásticas, sin función concreta, isla de naturaleza en el que se revive la primigenia inocencia de la Creación”[4].

       El claustro, como paraíso, ha de configurarse a la manera de una Jerusalén celestial.  Tiene forma cuadrada, y en cada uno de sus lados, también llamados panda o benedictos, una galería cubierta porticada. En el centro suele haber un pozo, fuente o árbol (el axis mundi) en el que confluyen cuatro caminos donde se cruzan las coordenadas temporales y las espaciales; en el espacio restante, un pequeño jardín y, a su alrededor, altos muros de piedra protegen su pureza de los espíritus malignos y de las envidias humanas. 

       El armariolum, sala capitular, calefactorio, refectorio, biblioteca, scriptorium, hospital, cocina, bodega y almacén, son las diferentes estancias a las que se accede desde el claustro, centro neurálgico de la vida monacal, donde los religiosos pasan la vida en común, armoniosamente, de noche y de día, abandonando las cosas profanas, para servir a Dios. La sala capitular, desde donde se gobernaba la comunidad, arquitectónicamente, era la que recibía un trato más noble y esmerado, con bóvedas nervadas que solían descansar en columnas centrales o apeadas en modillones en las paredes.

Lavabo. Claustro de
Valentuñana. (Sos del
Rey Católico)
            Frente al refectorio, o próximo a él, no solía faltar un templete de lavado cuya fuente estaba destinada a las obligaciones antes de las comidas. En la planta superior se encontraban las celdas o dormitorios.

          El armariolum es una pequeña estancia, generalmente cerca del cuerpo de la iglesia, que servía como estudio o pequeña biblioteca en el que se consultaban y depositaban los libros litúrgicos para los actos religiosos diarios, así como otros libros de lectura habitual de los monjes. Independientemente de este armariolum, existía otra estancia para la biblioteca del monasterio, con libros de mayor valor tanto histórico como material, documentos, legajos y pergaminos.

          A partir del siglo XI, a través de los movimientos congregacionistas anteriores a la reforma gregoriana, encontramos los primeros testimonios, tanto textuales como arqueológicos, de claustros románicos gracias a la recuperación del impulso constructivo, pero esto no significa que no existieran con anterioridad[5]. Hasta entonces, los claustros eran una representación de la belleza divina y de la armonía del universo: la desnudez de la piedra, el espacio, la naturaleza, el agua, las plantas, los árboles, el cielo, el sol,…; pero a lo largo del siglo XI, la renaciente escultura en las fachadas de las iglesias se fue introduciendo en los claustros, apareciendo bellos ejemplares escultóricos en muros, basas y capiteles de las columnas que servían de soporte en las galerías porticadas de los claustros y que tuvo sus detractores pues, defensores de la austeridad figurativa, argumentaban que las representaciones escénicas de pasajes historiados de la Biblia, de personas humanas, animales de lo más variado, etc, distraían a los monjes, pues la contemplación de las figuras esculpidas desviaban su atención de su fin principal, que era el de la meditación de la ley del Señor.

          A mediados del siglo XIl, el clérigo francés Hugo de Fouilloy, en su de claustro animae (el claustro del alma) expresa: “ ¡Oh, maravilloso pero perverso deleite![…] Que los edificios de los monjes no sean lujosos, sino humildes; no agradables, sino honestos. Es útil la piedra en la construcción, pero ¿Cuál es la utilidad de la piedra esculpida? Fue útil en la construcción del templo, pues servía como explicación y ejemplo. ¡ Que se lea el Génesis en un libro, no en una pared![6]

          Fue a partir del siglo XII cuando la orden cisterciense, nacida como una reforma de la cluniacense, vuelve a seguir la Regla de San Benito en cuanto a la austeridad arquitectónica se refiere. El ascetismo y pobreza de la orden se reflejan en la simplicidad de las formas de la arquitectura, evitando todo lo superfluo, esculturas, pinturas y adornos. Con la llegada del estilo gótico, los cistercienses aceptaron algunos conceptos del nuevo estilo y construyeron monasterios, donde el románico y el gótico convivían en la misma época hasta que el románico fue totalmente desplazado.

       El concilio de Trento (1545-1563) y la Contrarreforma Católica explicaron que a través de la arquitectura, pintura y escultura se puede llegar a impactar a los creyentes, justificando los adornos y demás elementos ornamentales, lo que originó el estilo barroco, ajustándose los cistercienses a las nuevas directrices del concilio construyendo edificaciones barrocas que afectarían a la arquitectura propiamente dicha, pero no así a la distribución espacial de los monasterios, que seguirían manteniendo las mismas estancias y dependencias que las establecidas por los benedictinos siglos atrás.

               Un claro ejemplo de todo lo visto hasta ahora, lo tenemos en el Monasterio de Valentuñana, en Sos del Rey Católico, construido en el período temporal conocido como “segundo barroco aragonés”, desarrollado desde el último tercio del siglo XVII hasta finales del XVIII, época de una importante revitalización de la actividad arquitectónica religiosa en Aragón[7] tras la crisis económica del siglo XVII.

Pozo en el centro del patio (Velentuñana)
        La nueva fábrica del monasterio de Valentuñana, como hemos dicho, data de finales del siglo XVII y primer tercio del XVIII, en pleno barroco aragonés (ver),edificado según la nueva corriente arquitectónica, pero el claustro y sus adyacentes dependencias seguirán guardando la primigenia distribución benedictina, y así ha llegado hasta nuestros días aunque, actualmente, estas dependencias ya no se usan para las funciones que fueron creadas; éstas han sido adaptadas a las  comodidades de los tiempos modernos y ubicadas en otras zonas del edificio por su mejor  adaptabilidad, rendimiento, aprovechamiento y comodidad. Pero podemos seguir viendo el patio del claustro con el pozo en su centro, y acceder a la iglesia desde el mismo; también podemos ver los espacios que ocupaban el refectorio,
Una de las dependencias de la galería(sala capitular)
 convertidaen sala de exposición
armariolum, el lavabo, sala capitular y demás dependencias que tenían acceso desde la galería, pero hoy en día  convertidos en salas que albergan un precioso y variado museo de gran valor biológico, antropológico y etnográfico (ver).

         Pero el Monasterio de Valentuñana y su claustro, aun con los cambios realizados, sigue rezumando la misma paz y tranquilidad que aquellos claustros que siglos atrás idearon los monjes benedictinos y que San Isidoro describió como el Paraíso. Sólo hay que pasear por su claustro, iglesia y exteriores del edificio, y dejarse llevar por su místico influjo "enclaustrador" para comprobar cómo una inmensa paz se adueña de nuestro cuerpo, mente y alma, (ver).



Otras dependencias del patio convertidas en museo





[1] Regla de San Benito. Cap. 66, 6-7.

[2] Joan Sureda. “Vere claustrum et paradisus” El espíritu del Arte Románico. Historia del Arte Español, T. IV, p.126.

[3] Etimologías. 14.3,2-4

[4] Joan Sureda. “Vere claustrum et paradisus” El espíritu del Arte Románico. Historia del Arte Español, T. IV, p.125.

[5] Xavier Barral i Altet. “La España del románico”. Historia del Arte Español, T.IV. pp. 64-65.

[6] Hugo de Fouilloy. De claustro animae, Cap. II, 4.

[7] Natalia Juan García. “Contribución a las trazas arquitectónicas del siglo XVII: el diseño de la iglesia del monasterio nuevo de San Juan de la Peña del arquitecto zaragozano Miguel Ximénez”. Artigrama, núm. 22,  p. 592, citando a Almería, José Antonio; Arroyo, Julia; Díez, Mª. Pilar; Ferrández, María Guadalupe; Rincón, Wifredo; Romero, Alfredo y Tovar, Rosa María, en Las artes en Zaragoza en el último tercio del siglo XVII (1676-1696). Estudio documental, pp.19-47.

 




 BIBLIOGRAFÍA

-BARRAL Y ALTET, XAVIER. “La España del románico”. Historia del Arte Español. T.IV, pp.11-97. Planeta. Barcelona, 1995.

-JUAN GARCÍA, NATALIA. “Contribución a las trazas arquitectónicas del siglo XVII: el diseño de la iglesia del monasterio nuevo de San Juan de la Peña del arquitecto zaragozano Miguel Ximénez”.  Atigrama nº 22, pp.567-593. I.F.C. Zaragoza, 1983.    

-SAN ISIDORO DE SEVILLA. Etimologías. Edición bilingüe. Texto latino, versión española y notas por José Oroz Reta y Manuel A. Marcos Casquero. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid, 2004.

-SUREDA, JOAN. “Vere claustrum et paradisus”. Historia del Arte Español. T.IV, pp.125-129. Planeta. Barcelona, 1995.

En al web:

-Wikipedia. Arte cisterciense.

-http://www.sbenito.org/regla/rb.htm. Regla de San Benito. Abadía de San Benito.





sábado, 22 de enero de 2022

CREENCIAS SELÉNICAS

 

                La luna, como el sol, las estrellas, astros y otros fenómenos astronómicos y celestiales, difíciles de entender en la antigüedad, ha sido, desde siempre, objeto de culto y portadora, bien de buenos augurios o bien de malos presagios y desastres.

            Ritos y creencias ancestrales sobre la luna han perdurado hasta no hace mucho tiempo en nuestro folklore. En el País Vasco, por ejemplo, los niños, en un rito pagano que se pierde en la antigüedad, saludaban la salida de la luna doblando su cintura, inclinando la cabeza y golpeándose los muslos con las manos; al incorporarse, levantaban los brazos, mirando la luna y volvían a inclinarse y a levantar los brazos cantando :

Ya sale la luna,

ya se puso el sol;

ya extiende su capa

Dios Nuestro Señor. [1]

            Pero la luna también ejercía malas influencias en los seres terrenales. Dicen que emboba a los cánidos, de ahí los aullidos de perros y lobos cuando la miran, o la peligrosidad de acercarse a toros y bueyes en luna llena, pues se enfurecen bajo su influjo y hay que esperar a que la luna mengüe para que se amansen.[2]

            Asimismo, dicen que las franjas rojas de la luna son presagio de sucesos sangrientos. Cuentan que los vecinos de Sos del Rey Católico,  en el año 1921, al ver la luna con franjas rojizas, pronosticaron el desastre de Annual a gritos de : “¡pobres soldados!¡Cuánta sangre están derramando en Melilla!”.[3]



[1] José María Iribarren. “El folklore de Sos y la Valdonsella”, p.289.

[2] Ibidem, p.290.

[3] Ibidem, pp.290-291.



BIBLIOGRAFÍA

 

-IRIBARREN, JOSÉ MARÍA. “El folklore de Sos y la Valdonsella”. Historias y costumbres, pp.285-307. Diputación Foral de Navarra. I.P.V. Pamplona, 1956.





"RANUECOS" LOS DE URRIÉS

Renacuajo (foto:quecomenn.com)

               

                   A los habitantes de Urriés se les conoce con el seudogentilicio de ranuecos.[1]

                Como sucede con otros seudogentilicios de muchos pueblos de la comarca cincovillesa, este mote tiene relación con el apreciado y codiciado “líquido elemento”: el agua. Los vecinos colindantes con el pueblo de Urriés, por aquello de “mi pueblo es mejor que el tuyo”,  tienen que presumir y alardear de tener mejores cosechas que ellos porque poseen  más fuentes, mejor calidad de las aguas y mayores recursos hídricos, de ahí que menosprecien la calidad de las aguas de los urriesinos catalalogándolas de criaderos de ranas. Podrían haberles llamado raneros, como a los vecinos de Undués, pero no conformes con ello deciden añadir el sufijo aragonés “-ueco”, un sufijo aminorativo que conlleva un matiz más despectivo, como ballueco, berrueco, torrueco  o pullueco. No tiene el mismo matiz ranero que ranueco; aunque ambos son vituperables, ranueco resulta ser más despreciativo.



[1] : “renacuajo con patas”. Según el vocabulario aragonés del Sobrarbe de Gabriel Tomás Arias. Instituto de Estudios Altoaragoneses. Colección “Cosas Nuestras”, nº 25. Huesca, 1999.



domingo, 19 de diciembre de 2021

UN DESPISTE CENTENARIO

 

La alcaldesa de Sos, el Presidente del Gobierno de Aragón y, firmando, 
el Presidente de la Institución Fernando el Católico.

                                Todos somos humanos y algunas veces cometemos errores y despistes. Estos despistes unas veces se detectan rápidamente y otras se tarda tiempo en descubrir, pero siempre pasan a la historia como meras anécdotas que nos suelen sonsacar una pequeña sonrisa ante el desliz o descuido del sujeto que los originó.

Dedicatoria donde puede
leerse la fecha de 1918.

            Esto es lo que le ocurrió al Presidente de la Institución Fernando el Católico, Carlos Forcadell, el 6 de junio de 2018 en Sos del Rey Católico, fecha en la que se celebró el 50 aniversario de  la Declaración del municipio como Conjunto Histórico Artístico.

               Tras la celebración de los diversos actos programados en la localidad (ver), las autoridades e invitados asistentes pasaron a firmar en el Libro de Honor de la Villa, acto que tuvo lugar en el patio del Ayuntamiento. 

           Tras firmar varios invitados en el Libro, le tocó el turno al Sr. Forcadell, quien tras escribir su dedicatoria, la dató y firmó; pero parece ser que un despiste le jugó una mala pasada al escribir el año, pues lo fechó nada menos que cien años antes, en el 1918. Un pequeño desliz que no deja de ser una mera anécdota recogida en el Libro de Honor del municipio.

domingo, 12 de diciembre de 2021

"ROMPEDORES" Y "JAUTOS" LOS DE VALPALMAS

 


          Cuenta la tradición que durante la guerra de la Independencia se juntaron una cuadrilla de  vecinos de varios pueblos cincovilleses para sorprender y atacar a los franceses que pululaban por la zona.

 En la reunión, no hacían más que hablar, preparar los métodos de ataque y discutir sobre las diferentes maneras de actuar hasta que, harto de tanta palabrería, un mozo de Valpalmas exclamó en voz alta: “ ¡aquí no hay quien rompa! ( inicie, comience los ataques),… y rompieron todos. De ahí que a los vecinos de Valpalmas se les conozca con el pseudogentilicio de “rompedores”.

        Pero claro, este gentilicio no constituye en sí ningún hecho reprobable o humillante para sus habitantes, por lo que los vecinos de los pueblos colindantes buscaron otro gentilicio  que denostara a los valpalmasinos y fuera más vituperable para poder mofarse de ellos. No lo pensaron mucho y, como sucede en otros muchos municipios cincovilleses, se metieron con la falta de alimentos derivada de las malas cosechas, llamándoles “jautos”.

            Jauto es un adjetivo aragonés que se emplea tanto para alimentos como para personas, y significa soso, insulso, sin sabor a nada, en alusión a las comidas “sin sustancia o sabor” con las que los vecinos de Valpalmas se alimentaban por no disponer de los suficientes ingredientes o alimentos con los que poder cocinar y, luego, por extensión, es usado como calificativo de los propios vecinos, ya que un "jauto" es el que come "jautadas".

domingo, 5 de diciembre de 2021

LA PRIMERA RESTAURACIÓN DE SOS

 


           Tras la guerra de la Independencia y los episodios bélicos sufridos en Sos durante la misma, la arquitectura de la villa quedó prácticamente destruida. Muchos de sus muros, monumentos y edificaciones fueron maltrechos y más de sesenta casas derruidas.

Pronto, sus habitantes, reconstruyeron las destrozadas viviendas y comenzaron a poner de nuevo el pueblo en pie.

Una crónica del 11 de junio de 1833 comunica que el Gobernador de Sos, D. Vicente de Vargas, fue quien puso más empeño e interés en transformar la población de Sos en una de las más bellas de Aragón por aquellos tiempos, consiguiéndolo en brevísimo tiempo: “ Se han blanqueado las fachadas de las casas, colocándose en ellas y en las calles  azulejos con los nombres de estas, y las numeraciones de aquellas. Se han construido una muy buena posada, un juego de pelota, un paseo llamado de las Damas (¿Calle de las Damas?), otro para que los caballeros paseen en el invierno y otros dos más pequeños al abrigo de los vientos cierzo y bochorno; se ha empezado a formar una plaza de bastante amplitud, con vista al campo de Sangüesa; igualmente se ha formado un excelente lavadero, rodeado con árboles y, finalmente, ha pedido al Gobierno que se establezca en esta ciudad una hijuela del correo desde Jaca, y el permiso para construir una carretera desde Sangüesa a Sadava, con la que logrará completar la felicidad del país”[1]

              Posiblemente fuera este gobernador quien mandó colocar el “famoso” azulejo del Palacio de Sada; aquel que indica la “habitación en que nació Fernando el Católico”, pues la referida crónica continua diciendo sobre D. Vicente de Vargas: “loor eterno a jefe que en tan corto tiempo ha hecho tanto justamente en la villa en que nació Fernando el Católico, cuyo nombre dejará bien grabado en sus habitaciones, pues ha mandado colocar tres azulejos, que marcan el palacio en que nació tan gran Monarca…”[2]

Con lo que seguramente no contaba el Gobernador de Vargas era con los estragos que volverían a sucederse poco tiempo después en la villa, pues los conflictos de los liberales con las partidas de combatientes realistas empezaban a dejarse notar ya en la comarca. No llegaría a ser una guerra civil propiamente dicha, pero la violencia que generaba anunciaba ya la crueldad que se desarrollará poco después con el estallido de la primera guerra carlista, y de nuevo Sos, debido a su estratégica situación, sería escenario de numerosos ataques e incursiones carlistas. Por ejemplo, en 1834, tropas de don Carlos saquearon las casas de la Villa, quemaron archivos, documentos, destrozaron fortificaciones, robaron, asesinaron y cometieron toda clase de fechorías, con la consiguiente degradación y destrucción del paisaje y de sus estructuras poblacionales que habían sido recientemente levantadas y restauradas.



[1] La Revista Española. 21/06/1833, p. 3

[2] Ibidem