domingo, 31 de julio de 2022

LA BODA DE ISABEL Y FERNANDO. LOS PROLEGÓMENOS (I)

 

FERNANDO E ISABEL, LOS REYES CATÓLICOS

            Fernando “el Católico” se casó en Valladolid el 19 de octubre de 1469 en una sencilla ceremonia clandestina, sin ningún tipo de pompas u ostentaciones, porque sabía que la boda no era válida a efectos religiosos, pues a la misma se oponía el Papa Paulo II debido a la consanguinidad de los cónyuges, ya que ambos eran bisnietos de Juan I de Castilla y Leonor de Aragón, y nietos de Fernando de Antequera y Enrique III, que eran hermanos, por lo tanto los cónyuges eran primos; lejanos, pero primos, y por eso la boda se consideraba como incestuosa. Además, habían falsificado una bula supuestamente emitida por el Papa Pío II, predecesor de Paulo, que había muerto hace cinco años y que, supuestamente, permitía el matrimonio entre primos hasta el tercer grado.(ver)

            En el terreno político, la boda se enfrentaría con las políticas matrimoniales del rey de Castilla, Enrique IV, medio hermano de Isabel por parte de padre. Isabel se disputaba el derecho a la corona con la hija de Enrique, Juana (la Beltraneja). Esto lo aprovechó el padre de Fernando, Juan II de Aragón, para prometer a su hijo con Isabel a cambio del apoyo de su reino a las aspiraciones de Isabel. Pero tras el Tratado de los Toros de Guisando(1468), Enrique IV declaraba heredera a Isabel, con la condición de reservarse el derecho de acordar su matrimonio. Con lo que no contaba Enrique IV era con la boda secreta que Isabel estaba a punto de realizar un año después con su primo Fernando, al que no conocía personalmente, sino sólo de referencias, pero estas eran tales que bastaron para encadenar su albedrío y liberarse de una desventurada vida, siempre controlada y llena de futuros matrimonios concertados, como el de Alfonso V de Portugal, que podría ser su padre, o el del Duque de Berri, hermano del monarca francés Luis XI. Isabel quería a su lado un hombre fuerte, viril y animoso, capaz de grandes hechos y proezas. Y ese no podía ser otro que su primo Fernando, quien, además, gozaba de muy buena reputación entre los muchos privilegiados personajes consultados y, según la opinión muy generalizada en el Reino, era la unión más aconsejable por el interés de Castilla.

            Con todo este panorama, es lógico que la boda tenía que realizarse rápido, en secreto y con mucha discreción, pues Isabel estaba permanentemente controlada y vigilada.

             Los hechos que se produjeron posteriormente para facilitar el encuentro de Isabel y Fernando y su matrimonio, son dignos para escribir una novela, pero utilizaremos principalmente noticias del cronista Alonso de Palencia, testigo y actor, en muchos casos, de lo que relata.

            Enrique IV, acompañado por el marqués de Villena, partieron de su residencia de Ocaña hacia Andalucía para tratar de sosegar unas revueltas y enfrentamientos entre bandos enemigos de la nobleza. Antes de partir obligó a Isabel a prometerle que no se movería de Ocaña. La princesa Isabel lo prometió, pero quizás, harta de soportar tantas coacciones y amenazas, fue la primera vez que desobedeció. Con el pretexto de ocuparse del traslado del cadáver de su hermano, el infante Alfonso, a Ávila, escapó a Madrigal.

            Sin embargo en Madrigal se encontró con el obispo de Burgos, sobrino del Marqués de Villena, dispuesto a denunciar cualquier paso que diera; la retuvo, e Isabel supo de inmediato que pronto vendrían a prenderla por orden del Rey. Pero afortunadamente, el arzobispo de Toledo y el Almirante don Fadrique, con sus hombres de armas, y ante la estupefacción de sus guardadores, salvaron a la Princesa, trasladándola, como si fuera un triunfo, a Valladolid.

            Tras esta doble huída, Isabel no podía echar marcha atrás. Se acordó ultimar con prontitud el casamiento con su primo Fernando y afrontaría con valentía todas las consecuencias que pudieran derivarse de sus actos.

            Lo que desconocía la Princesa es que los preparativos de la boda estaban ya muy avanzados. Mientras estuvo retenida en Madrigal, en las negociaciones preliminares de la boda, y a través del Arzobispo de Toledo, se había ofrecido a la Princesa entregarle veinte mil florines de oro para el sostenimiento de su casa y un fabuloso collar valorado en más del doble de dicha suma pero,  ni el Rey ni su hijo disponían de los florines ni del collar, que se encontraba empeñado en Valencia. Don Fernando se trasladó a Valencia, negoció con los prestamistas y recuperó el collar, así como también consiguió la suma de florines que necesitaba.

            Poco después, Alonso de Palencia y Gutierre de Cárdenas, servidor de doña Isabel, salieron de Valladolid entrada la noche y se dirigieron a Aragón en busca del novio para llevarlo junto a la novia antes de que Don Enrique regresara de Andalucía e intentara impedir el casamiento. Utilizando siempre caminos poco frecuentados, llegaron al Burgo de Osma. Allí, Palencia, sin declarar el motivo del viaje, consiguió  que el obispo don Pedro, contrario al matrimonio, le facilitara un guía y una carta de recomendación para el alcalde del castillo de Gomara, fronterizo con Aragón, encargándole que tanto a la ida como a la vuelta le dispensara a Palencia una acogida cortés y amistosa.

            Llegados a Gomara, Palencia pidió al alcaide un mensajero que llevara unas cartas al arzobispo de Toledo y otras de Gutierre de Cárdenas a su señora la princesa, encareciéndoles la necesidad "de que sin demora y a las órdenes de un capitán probo y experto, se enviaran trescientas lanzas que en término de diez días se hallasen en el Burgo de Osma, para asegurar el retorno con el Príncipe de Aragón”.

            Palencia y Gutierre llegaron a Zaragoza y se encontraron con el príncipe Fernando quien, deseoso de juntarse con la princesa, no dudó en realizar el viaje a Valladolid aun sabiendo de lo accidentado que iba a ser el mismo, burlando vigilancias y corriendo riesgos, pero sabía que con su juventud y arrojo acabaría con cualquier contratiempo que pudiera presentársele.

                Todo un ajetreado, emocionante y accidentado viaje le esperaba por delante.(continuación)




 BIBLIOGRAFÍA

 

 -PALENCIA, ALONSO DE. Crónica de Enrique IV. Traducida por D.A. Paz y Melia. Lit. “Revista de Archivos”. Madrid, 1904

-PULGAR, HERNANDO DEL. Crónica de los Señores Reyes Católicos Don Fernando y Doña Isabel de Castilla y de Aragón. Imp. Benito Monfort. Valencia, 1780.

-SILIO CORTÉS, CÉSAR. Isabel La Católica, fundadora de España. Grandes biografías. Espasa-Calpe S.A. Madrid, 1967.


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