domingo, 18 de septiembre de 2016

LA VIDA EN LA EDAD MEDIA

En la Península Ibérica se produce un hecho de enorme trascendencia como fue la cohabitación de las tres grandes culturas monoteístas (cristiana, musulmana y hebrea) que permitiría una mutua permeabilidad y una simbiosis de extraordinaria importancia cultural.
La uniforme vida de los habitantes del medioevo peninsular solamente se veía interrumpida por la celebración del “dies dominici” en honra del Creador, ya que después, el resto de la semana transcurría en el monótono desenvolvimiento de las tareas cotidianas: con la salida del sol se iniciaba la jornada laboral, que acababa con la puesta del astro. Los habitantes de un lugar apenas salían de la aldea o de sus inmediaciones. Unicamente los mensajeros, viajantes y comerciantes eran los que transitaban por los dificultosos caminos entre poblaciones.
Dibujo de un poblado medieval
El campesino labraba con arado y sin abono, por lo que la producción y el rendimiento eran muy bajos. Si a esto le añadimos que, por vivir en feudos de terratenientes y hombres de armas, debían entregar la mitad de la cosecha a su amo y con el resto alimentar a su familia, nos podemos imaginar la situación de hambruna y precariedad que padecían estos campesinos.
Los animales domésticos compartían las casas con sus dueños, que apenas se lavaban, por lo que el olor y las malas condiciones higiénicas eran foco de frecuentes enfermedades, que hacían que la esperanza de vida no fuera muy larga.
Evidentemente, la clase nobiliaria vivía en mejores condiciones.

No son muy abundantes las fuentes documentales del Medioevo que permitan conocer la vida cotidiana. Se conservan, no obstante, algunos testimonios excepcionales. De uno de ellos, las cuentas del viaje efectuado en 1352 por unos mensajeros enviados por el lugarteniente del Rey de Navarra a la Corte de Pedro I de Castilla, recogemos estos datos relativos a los gastos de dichos mensajeros el día 17 de junio en Sevilla:
Costó pan, 26 maravedíes.
Costó vino para yantar 13 azumbres, 65 maravedíes.
Costó carne, 15 maravedíes.
Costaron calabazas y agraz y huevos, 4 maravedíes.
Costó queso, 1 maravedí.
Mostaza, 6 dineros.
Fruta, 2 maravedíes.
Costó agua, 6 dineros.
Dimos para errar, 3 maravedíes y medio.
Costó vino para la cena, 14 azumbres, 70 maravedíes.
Costó un cabrito para la cena, 6 maravedíes.
Costó tocino, 1 maravedí.
Costó pimienta y huevos, 8 maravedíes.
Lechugas y rábanos y vinagre, 12 dineros.
Peras, 1 maravedí
Costó miel para la mula de Gil García, 4 dineros.
Costaron 3 fanegas de cebada, 60 maravedíes.
Costó paja, 10 maravedíes.
Costaron candelas, 8 dineros.

Para hacerse una idea del poder adquisitivo del maravedí, éstos son los salarios percibidos por diversos trabajadores en la misma fecha de 1352 en la zona de Burgos:
Maestros albañiles: 3,5 maravedíes por día.
Peones: entre 2,5 y 2,8 maravedíes por día.
Cavadores de viñas: entre 1,7 y 2,6 maravedíes por día.
Podadores de viñas: entre 1,6 y 2,5 maravedíes por día.
Vendimiadores: entre 1 y 1,5 maravedíes por día


El desarrollo de las ciudades motiva la aparición de nuevas instituciones que regulen su vida y organización. Con el fin de ejercer la administración de las mismas nace el “concejo”: en su cúspide se sitúa la figura del alcalde, responsable del gobierno municipal, o del justicia o juez si la villa es de realengo, y que serán acompañados por los regidores, escribanos y notarios; un escalafón inferior lo ocuparían los “corredores”, encargados de realizar trabajos concretos y de convocar la reunión del concejo (el equivalente a los actuales alguaciles).  Estas instituciones concejiles sufrirán la continua interferencia señorial, lo que motivará un constante enfrentamiento entre éstas y las clases nobiliares, situación que se extenderá hasta finales del siglo XVI.( ver luchas de bandos en Sos) 



BIBLIOGRAFÍA

-VV.AA. Esteban Sarasa Sánchez (Coord). Las Cinco Villas aragonesas en la Europa de los siglos XII y XIII. I.F.C., D.P.Z. Zaragoza, 2007.
-Historia de las Civilizaciones, T. 3: Los orígenes de la Edad Media. T. 4: Plenitud y ocaso de la Cultura Medieval. Larousse, 1996