jueves, 23 de febrero de 2017

EL COBRO DE "EL BARATO"



             Sos, en el siglo XIX, era un pueblo prácticamente aislado del resto de localidades; la rutina de sus habitantes se resumía en el trabajo diario de hombres y mujeres dedicados a las labores del campo, a la ganadería o a las faenas de la casa. Sólamente cuando se ponía el sol y los hombres regresaban del campo, podían disponer de un corto espacio de tiempo libre para evadirse de los problemas cotidianos, pero lamentablemente eran muy escasas las formas de diversión, y menos aún los lugares para desarrollar este merecido descanso. Los únicos sitios que existían en la villa para llenar este espacio de ocio eran el casino, los bares y tascas.
             En estos establecimientos se bebía vino mientras se comentaba con el vecino lo bien o mal que iba la cosecha, el tiempo que iba a hacer mañana, el bajo precio del cereal...y también se jugaba a las cartas.
             En el juego de las cartas los más pudientes y los que no siéndolo, sí eran más osados, se jugaban su jornal, mientras que los más humildes y los  precavidos se limitaban a ser meros espectadores del juego y las apuestas de sus vecinos.

             En Sos y en otros municipios de la comarca era costumbre “pagar el barato”; este pago consistía en entregar una pequeña parte de las ganancias obtenidas en el juego a los “mirones” que estaban alrededor de la mesa de juego como “premio” por haber hecho acto de presencia y en recompensa por haber traído buena suerte al ganador. De este modo los vecinos más precavidos que habían decidido no jugar obtenían una pequeña cantidad de dinero que a más de uno le venía muy bien. Actualmente se sigue esta costumbre en los casinos, bingos y salas de juego, donde es casi obligado dar una propina al crupier, a los empleados de la sala de bingo o a los compañeros de mesa, que no dejan de ser unos simples “mirones”.
 Pero antiguamente, esta propina llegó a convertirse en un “impuesto revolucionario”. Si un jugador ganador no cumplía con aquella costumbre que se había arraigado fuertemente en la cultura del juego, los defraudados acompañantes solían exigírselo hasta con amenazas, y si no conseguían el dinero llegaban a contratar incluso a matones para cobrar lo que, según ellos, “legalmente les correspondía”.  De ahí que se acuñara la expresión de “cobrar el barato”, que enfoca a la persona que predomina sobre las demás por el miedo que a éstas les infunde, recibiendo el nombre de “el baratero”.
En “La Gazeta de Grazalema” (Cádiz) de julio de 1832 aparece un artículo denunciando la llegada de este singular personaje a su tranquilo pueblo:
“...Cuando hablaban de los casinos y las salas de juego, todos nos poníamos a pensar en Sevilla o Cádiz, allí hay cientos de lugares donde ir a perder el jornal o los dineros de las tierras. Pero ya tenemos aquí una auténtica casa de juegos, y no hablo de las tranquilas partidas de la posadilla o de la taberna de abajo. Acaba de llegar a nuestro tranquilo pueblo, todo un grupo de desalmados, asociados a los bandoleros y llevando consigo todos los vicios y las malas costumbres. Así tenemos al tal Pedro Chirlata, que es el encargado de “cobrar el barato” a los jugadores, en la posadilla. Con su cara de matón y la navaja casi siempre abierta, no duda en ningún momento en cobrar el impuesto que le da la gana a quien gane la partida y hay de ti, como no pagues con prontitud, que la navaja le sirve para algo más que limpiarse las uñas.
¿Hasta cuándo las buenas gentes del lugar tendremos que soportar a estos desalmados, que se han hecho amos de la ciudad, sin que nadie diga ni haga nada por evitarlo?”[1]
          Pero esta acepción de “cobrar el barato”, por extensión, se ha aplicado a otros trabajos o negocios igual de censurables que nada tienen que ver con el origen de la palabra, aunque sí en su resultado final: cobrar una cantidad de dinero por medio de amenazas, o sea, un chantaje o extorsión. Y para que el negocio o trabajo parezca legal hay que disfrazarlo y ofrecer algo a cambio; en este caso lo que se ofrece es protección al más débil. Nos estamos refiriendo al “chulo”.
“El baratero” era el “chulo” del juego, luego tenemos al chuloputas de ciudad, al “chulo de las cárceles” y también al “chulo” o “matón” del pueblo. La figura de este “chulo” o “matón” de pueblo estuvo presente en Sos del Rey Católico en el siglo XIX. Los días de fiesta, todos los mozos del pueblo debían ir a la plaza a “pagar el barato” a este personaje. Félix Guerrero, en el libro "a la sombra del castillo", realiza una excelente descripción de este personaje:
“..los días de fiesta todos los mozos del pueblo debían sufragar el sustento de su precaria dignidad mediante una paga estipulada, “el barato”, al bípedo ángel de la guarda cuyo desarrollo conceptual del manotismo estuviera más actualizado: el chulo. El chulo salvaguardaba hasta la más agostada pizca de honor, de cualquier intento abusivo. El chulo, como un dios explotador, cobraba por derramar sus protectoras gracias entre la juventud masculina del vecindario. No debía confundirse éste chulo con el de ciudad, el chuloputas. Al chuloputas, en Sos del Rey Católico, se le rotulaba como un niñato malacostumbrado, bacinilla de tres al cuarto, un maniquí de quita y pon. El chulo, en cambio, era un bragado, el mercenario en el que recaía la tutela de la hombría del rebaño. Siempre dispuesto a remarcar el perímetro del escroto territorial juvenil con el filo de su navaja y a mantener el orden en sus gónadas interiores. Ante él, hasta el más encomiado valor se antojaba infundado.”
Afortunadamente en Sos, este “valiente de oficio” ha pasado a formar parte de la historia del costumbrismo local.





[1] “El cobro del barato llega a Grazalema”. Gazeta de Grazalema, julio de 1832.




BIBLIOGRAFÍA

-GUERRERO CORTÉS, FÉLIX. A la sombra del castillo. Certeza. Zaragoza, 2004.
-Gazeta de Grazalema. Año II, julio de 1832. Ayuntamiento de Grazalema (Cádiz)

En la web:
-REY, CARLOS. Cobrar el barato