domingo, 21 de diciembre de 2014

EL CEMENTERIO DE SOFUENTES

Se dice que los habitantes de Sofuentes siempre se han sentido un tanto abandonados respecto a la cabecera del municipio, Sos del Rey Católico, situada a más de cuatro horas de camino y al otro lado de un importante puerto de montaña, y parece ser que esto ya viene arrastrando desde la Edad Media, pues ya en el siglo XIV los vecinos de Sofuentes expusieron al Papa Benedicto XII “...que su pueblo distaba legua y media de la iglesia parroquial de Sos, a la que pertenecían, y que se alzaban de por medio unos montes altísimos, por lo cual ellos, que eran unos cien, no podían acudir a dicha iglesia especialmente en invierno, carecían de sacramentos y morían sin ellos, sus cadáveres permanecían inhumados varios días en sus casas y los niños fallecían la mayor parte de las veces sin bautizar”.. El Papa mandó al obispo de Pamplona que autorizase a los habitantes de Sofuentes para construir “una capilla con cementerio y pila bautismal, y dotarla para la sustentación de un capellán, que celebrase en ella continuamente”.[1]
No se sabe si se llegó a construir la capilla con el cementerio, pero lo que sí es cierto que si llegó a edificarse no ha conseguido mantenerse en pie a lo largo de los siglos por los motivos que fueran (abandono, destrucción, guerras...)
Esto, tal vez pueda explicar la existencia de una actual leyenda en Sofuentes que suele darse totalmente por verdadera y en la que interviene una mula, con cierta aureola mágica y extraña, en la construcción del pequeño cementerio de la localidad que permitió, por fin, poder dar sepultura a sus muertos, no teniendo que transportarlos por el largo y pesado camino hasta Sos.
Algún vecino de Sofuentes todavía recuerda que “... hace muchos años tampoco teníamos aquí cementerio, había que ir a enterrar a Sos, y hubo un señor, Zacarías, que le decían de casa de la Crescencia, que se le murió un crío y se negó a llevarlo a enterrar; entonces los de Sos mandaron unos alguaciles a buscarlo y el hombre se negó, y le insistieron y seguía negándose. Entonces los alguaciles buscaron una mula jita e iban a montar el mortichuelo que se dice, el crío, en la mula jita y la mula se tiraba al suelo y no consintió que nadie la cogiera, y así varias veces, y entonces aquello resultó tan violento que hicieron cementerio”.[2]
A Partir de entonces los sofuenteros ya no tuvieron la necesidad de ir a Sos a enterrar a los muertos, pues contaban ya con su propio camposanto. Era el año de 1887.




[1] Reg. Vat. 129, f. 182v, n. 181 (18 agosto 1341) Publ.José Goñi Gaztambide. Los obispos de Pamplona del siglo XIV, p. 113-114. Institución Príncipe de Viana. Pamplona, 1962.
[2] Rivas, Félix. A. “Los paisajes del silencio,” en La Magia de Viajar nº 28, octubre 2007, p. 80.