domingo, 18 de septiembre de 2016

LOS ESCONJURADEROS


En los pueblos de Aragón, sobre todo en la zona norte, eran muy comunes los esconjuraderos, pequeñas construcciones de origen medieval, a mitad de camino entre lo pagano y lo religioso, que se ubicaban cerca de la iglesia, especialmente en las ermitas; solían ser mayoritariamente de forma cuadrada (aunque también los había circulares) y con sus cuatro lados abiertos a los cuatro puntos cardinales.

 Los esconjuraderos se usaban para esconjurar o conjurar cualquier tipo de mal que acechase al pueblo, ya sea un mal de ojo, una maldición o para alejar la peste; pero su principal y más frecuente uso era para ahuyentar las tormentas, plagas u otros peligros que podrían arruinar las cosechas. En cuanto se divisaban nubarrones negros, el pueblo entero, con el párroco a la cabeza, se protegían en el esconjuradero y desde allí conjuraban a la tormenta para alejarla de la zona y evitar el temido granizo que arruinaría sus cultivos. Eran las oraciones denominadas “tentenublo” (¡detente, nublado!) que rezaban aproximadamente de ésta forma:
Tentenublo, tente en tí, no te caigas sobre mí;
guarda el pan, guarda el vino,
guarda los campos
que están floridos.

Generalmente esta oración iba acompañada de un repique contínuo de campana llamado "toque de tentenublo". Es por esto que una de las campanas de la espadaña de Sos se denomina Santa Bárbara.
Espadaña de la iglesia de Sos con sus campanas


Otras oraciones imploraban la mediación del patrón de los agricultores:

San Isidro Labrador
quita el agua y pon el sol.

En otras ocasiones, si no se iba al esconjuradero, las plegarias iban acompañadas con otro tipo de creencias antiguas. Las mujeres viejas del pueblo debían recoger piedrecitas el día de la Santa Cruz (tres de Mayo) y santiguarse cada vez que recogían una; después las guardaban todas juntas y cuando el cielo amenazaba tormenta las sacaban al campo y las arrojaban una a una hacia el cielo diciendo con cada lanzamiento:
¡Aléjate Satanás,
que conmigo no vendrás,
que el día de Santa Cruz
dije mil veces Jesús;
mil veces me santigüé,
mil padrenuestros recé,
y por eso me salvaré.
En nombre de Dios, amén.

Pero en otras ocasiones, en épocas de sequía, se invocaba, por el contrario, el agua de lluvia:

Que llueva, que llueva,
la vírgen de la cueva,
los pajarillos cantan,
las nubes se levantan,
que sí, que no,
que llueva a chaparrón
con azúcar y turrón.
agua San Marcos,
rey de los charcos,
para mi triguito
que está chiquitito;
para mi cebada,
que ya está granada;
para mi aceituna,
que ya tiene una.
que sí, que no,
que llueva a chaparrón.

Y aquí va otra para alejar diversos agentes climáticos:

En toda necesidad
del frío, escarcha y helada,
de piedra, rayo, tronada,
libértanos con piedad;
esto pide con bondad
Sos, con gran fervor.

A Santa Bárbara, cuando truena, le cantaban esta letrilla:

Santa Bárbara bendita
que en el cielo estás escrita
con papel y agua bendita.
Santa Bárbara doncella,
lïbranos de la centella
y del rayo mal airado.
Jesucristo está clavado
en el árbol de la cruz.
Padre nuestro. Amén. Jesús.

Estos conjuros se hacen con rima y en verso porque así tienen más poder mágico a la hora de hacer frente a un hechizo, invocar una divinidad o una fuerza sobrenatural para pedir su intervención, o el de exorcizar o ahuyentar el mal.  Y si además el conjuro se realiza en latín o en griego todavía tiene más poder.         
Pero ¿qué hace un cura católico celebrando un ritual pagano? Los orígenes de los esconjuraderos se pierden el el tiempo y se creen anteriores al cristianismo, era una costumbre tan arraigada que la Iglesia decidió usar la táctica que tan buenos resultados le ha dado siempre: si algo no puedes eliminarlo, ¡hazlo tuyo! De esta manera tenemos a un cura católico dirigiendo una ceremonia pagana.
Actualmente los esconjuraderos ya no se usan, por lo que mayoría han desaparecido. Desconocemos si en Sos había esconjuradero, pues no se han encontrado referencias de ellos, pero sí que podemos afirmar que se realizaban conjuraciones, pues en un documento de 7 de agosto de 1502, los oficiales de Sos contrataron por tres años a Antoni de Visilea como esconjurador de tormentas, pagándole cada año 100 sueldos y un cuartal de trigo por cada una de las casas de los vecinos y habitantes de la villa.[1]




BIBLIOGRAFIA

-Abellá Samitier, Juan. Selección de documentos de la villa aragonesa de Sos (1202-1533) Institución Fernando el Católico (CSIC) Excma. Diputación Provincial. Zaragoza. 2009.
-Iribarren, José María. De Pascuas a Ramos. Ed. Gómez, Pamplona.




[1] A.H.P.S. Miguel de Sen, p. 459, ff. 51v-52.